Trece
El día en que mi hijo cumplió trece años, se quedó dormido en el sofá con su cabeza apoyada sobre su mano izquierda y las plantas de sus pies pegadas a mí. Su padre miraba desde encima cada vez que sus ojos se cerraban despacio para no volverse a abrir en un ratito y decir “no me estoy durmiendo” cuando le pedíamos que se fuera a la cama. Estábamos viendo una peli porque siempre le gusta que ese día acabe muy tarde, como si pudiera anclarse al inifitio el ser protagonista de la vida de los demás, ya aprenderá que la única de la que puedes serlo es de la propia. Al ratito, se removió, su cabeza acabó sobre mi pecho y pensé que estábamos justo como trece años atrás, aunque entonces su cuerpo entero cabía sobre el mío y ahora no quepa más que ¿un cuarto?, que ya casi es tan alto como yo (que tampoco es mucho) y me ha superado en número de pie. Confieso que la certeza de la velocidad del tiempo me provoca un poco de vértigo, pero, si llevas lo suficiente por aquí sabes de sobra que eso no es novedad sino algo que me atormenta desde que recuerdo. A veces, pienso que ha pasado todo en un pestañeo y que, cuando quiera darme cuenta, se habrá marchado de casa para construir su propio futuro y me entra el vértigo de antes multiplicado por mil, así que prefiero pararlo y disfrutar de lo que pasa ahora, de cada momento compartido con la consciencia de la fortuna.
Cuando era un bebé, todo era nuevo e inesperado. Había leído y escuchado otras historias que, al albor de la experiencia, me parecieron poco realistas, lejos de una vivencia que me demostraba, una y otra vez, que era una principiante y que quizá lo de ser madre no iba a ser como me lo habían contado. Un día, o una noche el duermevela eterno de las primeras semanas me hace confundirlos, henchido de leche materna y apoyado sobre mi hombro su boquita se quedó abierta y su aliento rebozado de amor y éxtasis llegó a mi nariz para dejar impreso en mi memoria un momento único. Ahora no me gusta tanto olerlo, pero en aquel momento pensé que el cielo debía de oler así.
Viví los primeros meses entre pañales, tomas, sueño y cansancio y me incorporé al trabajo entre sacaleches y tristezas: separarme de mi bebé cada día me hacía sentir que abandonaba una parte de mi cuerpo. Mantener la lactancia exclusiva, aún pasando quince horas diarias separados, es una de las cosas de las que estoy más orgullosa aunque incorporó un bucle de estrés que me hacía estar exhausta y agobiada el 90 % del tiempo que estaba despierta. Ojalá hubiera podido hacerlo de otra forma, pero la vida vino como vino. Pasamos la adoslescencia, llegó el cole con sus cambios; los cuatro y los seis, que yo creía tranquilos, pero no; la primera década, todo un hito, y darme cuenta de la increíble personita en la que se estaba convirtiendo ante mis ojos.
Hemos llegado a los trece con tanto miedo por la adolescencia que me está pareciendo un paseo. Solo tengo que estar ahí y mantener la cabeza fría, aunque cueste, cuando se desborda como si hubiera vuelto los dos. Suena fácil, no lo es: la narración de un short de YouTube es, francamente, un tostón; la de una jugada del Rocket League ya ni te cuento; lo de no desbordarme a juego con él cuando entra en bucle es nivel supremo de maternidad. Una vez le leí a Bei M. Muñoz que fueras la madre que hubieras necesitado tener de niña. A estas alturas, estoy segura de que la Leticia que tenía su edad estaría orgullosa; la Leticia de cuarenta y siete también lo está.




Qué suerte tiene ojazos de tenerte! Vaya regalo en su 13 cumpleaños.
Y que suerte tengo yo también de tenerte. 🫂