Lo de Robe

Hace unos días murió Roberto Iniesta. Cuando, al levantarme, leí la noticia sentí una pena profunda que desconocía que podría surgir. Extremoduro fue uno de los grupos de mi adolescencia. Lo conocí gracias a mi novio de entonces, un tipo de Carabanchel que me los descubrió con el “Agila” que nos hartamos de escuchar en las acampadas con los colegas en Aranjuez o en El Escorial, aquellas en las que era más importante llevar alcohol que ropa. En esa época canté a voz en cuello “Jesucristo Garcia”, “So Payaso” o “Buscando una luna” casi sin entender lo que querían decir y por poco tatúo sus palabras en las mesas de la Facultad de Periodismo de la Universidad Complutense a fuerza de escribirlas cuando me moría de aburrimiento.
Con el paso del tiempo, y el desarrollo de mi conciencia feminista, las letras de Robe me empezaron a impactar distinto. El “Golfa” y el “Puta” que tanto me habían gustado, cuyas melodías soy capaz de escuchar en mi cabeza mientras escribo estas líneas, me empezaron a parecer estereotipadas y machistas
Me encuentro a mi princesa hablando con la luna
Echándose carreras a ver quién es más puta
aunque pudiera seguir apreciando cierta poesía en ellas. Algunas cosas no soportan el filtro del paso del tiempo, me ha ocurrido también con “Love Actually”, que sigo viendo como guilty pleasure pero que ya no disfruto de la misma forma.
Pero, sin duda, el Robe de la madurez es con el que más me he identificado, sin haber tenido yo ni un poco de vida parecida a la suya, que en estos días leía que en una entrevista reconocía que varios de sus años había valido tanto como los de perro. Sus letras descarnadas, tan pegadas al fondo del agujero, cantadas sin grandes alardes vocales, pero con tanta verdad en cada una, me acercaba a mis horas más oscuras:
He venido a decirte que estaba
Abrazado tan fuerte a la nada
Que he perdido el contacto con mi piel
Sí, con mi propia piel
Dejo las ventanas sin cerrar y la puerta abierta
Por si me entran ganas de escapar
Que no tuviera que esperar
Que nada me entretenga
Mi amiga Nagore Valera, al leerme tristérrima por la pérdida en mi cuenta de Instagram, me compartió el vídeo de Estación Fetén que dejo a continuación. En él Mer Gil explica lo que yo estaba sintiendo, narrando cómo la conexión entre la música y las emociones que nos genera arraiga también una corriente entre el autor y nosotras mismas.
La muerte de Robe era mucho más. Con ella no solo despedía a un letrista y cantante que hasta el momento en que se abrió una espita que no conseguía cerrar no sabía que era tan significativo para mí, también decía adiós a la Leticia de 17, a la de 30 y a la de 47, una mujer que lleva un tiempo transitando una realidad que se le queda pequeña, una mujer hilvanada con las palabras descarnadas de Roberto Iniesta que ya no encontrará letras nuevas en las que identificarse.
No puedo perder nada
Que vengo de la nada
Y solo vivo provisionalmenteNo puedo caer más bajo
Que vengo del fracaso
Y acaso ser solo un superviviente
El griterío de mis pensamientos a toda velocidad
Hasta los huevos de esperar un milagro
Cansado de avanzar marcha atrás
En las últimas jornadas, en mi coche ha vuelto a sonar Robe a todo trapo. A veces, con mi hijo al lado cantando “Ama, ama, ama y ensancha el alma” o “Nada que perder” que son las dos que se sabía de pe a pa, creo que ahora se sabe alguna más; otras, sola, de regreso del instituto, con “Dulce introducción al Caos” o “Si te vas”. Al menos una vez por día, el quejido se me ha agarrado el estómago y las lágrimas me han cerrado la garganta como recordatorio de la palmaria realidad. He vuelto a escucharle como la primera vez: desde la mente virgen, reordenando frases, dejando que otras interpretaciones se revelen como si no hubiera rayado ya cada canción en el pasado. Regalándome tiempo de escucha de ese que llaman “de calidad”, con atención plena.
Supongo que el reto ahora es darme palabras propias, bucear hasta mis cimientos, abrazar mis monstruos y comenzar, desde ahí, a construir. Acero, vigas, hormigón, ladrillo a ladrillo, con calma y paciencia, con verdad, a pecho abierto, permitiendo que, entre tanto ruido, surja mi voz y no necesite encontrarme en la de otro.



La música es magia
Gracias siempre Leti, emocionas