Llorar

Arranqué el viernes llorando. No desde que me levanté, claro, fue desde mitad de mañana que tenía cita con mi psicóloga y me la puso un poco más tarde que de costumbre así que casi podemos convenir en que empecé a llorar a eso de las 10:40 am aproximadamente. Llevo meses complicados con lo de aceptar que algunas de las cosas que me pasan (guiño a Molinos) no son sencillas de digerir, así que me vino bien la lagrimita o el lagrimón, según el momento en que acercaras el zoom de la cámara. Fue extraño y liberador al mismo tiempo lo de sentir el temblor que trajo la marea y permitir que las olas me removieran desde los cimientos hasta la azotea.
Llorar desde lo profundo me deja revuelta para un buen rato, en ocasiones para todo el día, y el viernes ocurrió. Me quedé un poco desubicada después de la sesión, sin saber dónde colocar los sentimientos que surgieron en la charla con Marta. Cuando vas a la psicóloga desconoces qué parte de ti vas a abrir y, aunque parezca increíble por la cantidad de años que llevo en terapia, a mí me sigue sorprendiendo quitarle el zip a ciertas áreas. Me recuerda a esos concursos en los que hay que elegir una de las puertas, ver qué premio te encuentras y dejar que la cara de alegría o decepción se dibujen en tu rostro.
Pasé el resto del día tranquilo en casa, que no había dormido demasiado bien (lo mismo mi subconsciente ya se lo veía venir) y no quise exigirme. Mientras comíamos, nos pusimos el penúltimo capítulo de Stranger things y, por la noche, cerramos la historia. Me despedí de la pandilla ochentera que yo no tuve, y que he envidiado durante toda la serie, entre lágrimas, eligiendo creer de la misma manera que lo haga cada día cuando salgo de la cama aunque el panorama no sea mucho más halagüeño que el del día anterior. Yo siempre elijo creer.
Durante toda mi vida he llorado muchísimo, he sufrido muchísimo, lo he pasado fatal. Mis amigas, las de mi juventud y las de mi adultez, pueden dar fe de lo sentida que he sido siempre. Desconozco si fueron las comedias románticas o la vida quienes me hicieron así, pero, vamos, que a mí siempre me ha parecido que si no se te agita la tripa, no merece la pena. Ahora lo veo de forma bastante diferente. Bea, mi amiga de instituto con quien hacía planes culturetas por Malasaña (con menos de veinte años nos íbamos a pasar la tarde a un café de los de mesas de mármol y tertulia literaria, ya apuntaba maneras), me definió por aquel entonces: “Leticia, cuando lo pasa bien, es la que mejor, pero cuando sufre también es la que peor, no tiene término medio”. Y tenía razón. Después, cuando conocía a Take it or leave it en la Universidad, descubrí a alguien que regulaba mi sistema nervioso: ella ponía la calma cuando yo escalaba cualquier nimiedad hasta el infinito ganándome a pulso el título de drama queen. La de veces que la he llamado llorando como si se acabara el mundo después de una discusión sentimental solo lo sabemos ella y yo. También conoce cada uno de mis terrorcitos cotidianos relacionados con la vida en general… es lo que tiene ser amigas desde hace treinta años.
Al final, creo que he acabado por cogerle miedo a pasarlo mal. A ver, que se me entienda, no creo que haya nadie a quien le guste, pero es que yo con esto estoy casi disociada, bloqueando las lágrimas en la garganta por no admitir que, como dijo Rachel en Friends, sí que tiene importancia. Si nos encontramos y estoy llorando, déjame, no me consueles, es justo lo que necesito y habré atravesado un largo camino para conseguirlo.



Yo también soy de las de mucho llorar, por todo, por lo bueno, pero, sobre todo, por lo malo. A veces me avergüenza, porque no puedo evitarlo y lloro cuando hago algo mal en el trabajo, cuando discuto con mi familia…, es como que no se puede hablar conmigo sin que me ponga a llorar. No puedo evitarlo, la verdad, será la forma que tiene mi mente de liberarse. Yo quisiera no ser así. 😓
Ay que gusto dan a veces las lloreras...