Esperanza

El viernes por la tarde quedé a tomar un café con una amiga en la cafetería cuqui que hay en mi barrio. Mi barrio, del que ya he hablado más de una vez por aquí, está al final del final del pueblo así que anda escaso de “cafeterías cuquis” aunque ande sobrado de bares de batalleo. Ese día, hizo sol por la mañana, pero por la tarde se complicó la cosa como ya había adelantado yo en mi sección “El tiempo en Móstoles”, una movida que hago en mi cuenta de Instagram cada mañana porque, hace unos años, se me ocurrió ser crítica con lo de que las madrileñas nos sentimos el centro del mundo y se quedó porque a mis seguidoras les hizo gracia. Llegué a la puerta de la cafetería cuqui confiando en que la terraza llena era la promesa de un lugar vacío: me equivoqué. Encontré una mesa pequeña, entre otras mesas y un carro, y esperé a mi amiga atesorando el espacio conseguido —no hablo solo del físico—, pensando que había demasiada gente, demasiado ruido, pero feliz. Hacía muchos meses que no salía así.
Conocí a mi amiga en el taller de escritura al que ya no voy a poder asistir. Empezamos a tener algo más de confianza hace apenas unas semanas cuando el tiempo comenzó a quedarse corto para la charla al terminar. Hace dos jueves, siguiendo mi pálpito, convinimos con la tercera pata el banco en que, a partir de ahora, tendríamos que ser amigas de café porque no creía que volvieran a verme en esos jueves de lectura, escritura y aprendizaje. Al día siguiente, la cosa se confirmó.
El viernes, por cosas inevitables de la vida, solo pudimos vernos dos de tres. Tomamos café y tarta, paseamos por mi barrio contra el viento y, entre charla y camino, casi nos dio la hora de cenar. Es curioso cómo se puede disfrutar cuando vas sin ningún tipo de expectativa, no planeas nada especial, ni reservas en un sitio fantabuloso —la cafetería es cuqui, pero no es para tanto— solo te dejas mecer por una conversación agradable, profunda, alejadísima de la planicie que suponen las relaciones del día a día en las que, por distintos motivos, no se puede ir más allá. Una conversación en la que me quité prejuicios sobre lo que creo que sé pero solo es herencia de otros y en la que abrí las orejas aunque no paré de parlotear. Nos despedimos con un abrazo y la promesa de volver a vernos pronto, me quedé con la sensación de habérmelo pasado muy bien.
Después de un año oscuro, oscurísimo, he empezado a trabajar. Siento que, durante este tiempo, he atravesado un desierto sin agua ni oasis a la vista, sin esperanza en el futuro, en el que la soledad ha sido el sentimiento más recurrente. No porque haya estado sola, que no ha sido así, sino porque algunos miedos es mejor no verbalizarlos para evitar que se hagan realidad. He vuelto a hacer lo mismo, aunque distinto, y tengo una nueva rutina que siento que ya he hecho un poco mía. La próxima semana se viene distinta. No puedo ya con la emoción.



Como ya te dije, enhorabuena por tu nuevo trabajo. Espero que ese nuevo comienzo esté siendo muy bonito. 🥰
Me alegro que empieces a trabajar, que vaya genial 😊👏